Esta anécdota se paso el verano pasado, aunque pasaba dos meses en Senegal. Con mi amiga, habíamos encontrado una práctica en un hotel de Sali, una zona muy turística. Un día en el que no trabajábamos, decidimos huir las playas llenas de grandes hoteles para ir a un pueblecito de pescadores del que habíamos oído hablar.
A pesar del calor, ya hemos salidas para este pueblo! Pero, dejadas e impaciente como éramos, salíamos a mediodía sin pensar a tomar una botella de agua… Alegres, tomábamos el camino por la orilla de la playa.
Nos desganábamos muy rápido! Hacia un gran sol, muy fuerte, y los rayos de sol golpeaban nuestra piel. Tres horas de marcha, al pleno calor, en la arena…. Gracias a nuestro entusiasmo sin fallo, conseguíamos conservar la sonrisa, bromeando de nuestra tontería. Pero nunca jamás teníamos tan calor! Éramos bañadas en sudor!
Y por fin! Llegábamos al famoso pueblo: y por suerte era el momento de la llegada de los pescadores. Terminábamos nuestro viaje con un espectáculo mágico y inolvidable, una agitación tan extraordinaria: los pescadores, sufriendo del calor como nosotros, llegaban con sus piraguas de todas colores llenas del producto de la pesca del día! Había peses por toda parte sobre la arena, el sol refletando todas sus mágicas colores sobre el agua. Por fin, descubríamos lo que habíamos esperado el día entero, y tanto más que eso!
ALBERT Clélie
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