Yo he pasado toda mi vida en el juzgado. Yo vi pasar muchos procesos. Era mi pasatiempo preferido. Yo debo confesarles que ningún juicio me emocionó. Era más bien bastante cómico. Sólo un caso me afectó realmente. Voy a contárselo a ustedes.
Me acuerdo perfectamente: era una mañana de enero. Un pleito de crimen debía ser tratado. Una mujer de una belleza escasa, muy elegante y llevando la inocencia misma en su cara, entró. En aquel momento, la sala entera se puso a temblar. Era como si, sólo por su llegada, el tiempo se había parado. Se acercó a mí. Fue en aquel momento que comprendí que ella era la acusada. Desde que sentí sus manos ponerse sobre mí, fui persuadido de que era culpable.
Un detective – José Fernando Rodríguez − fue llamado después. Tenía importantes pruebas que podían ayudar a encarcelarla. Durante todo su testimonio, sentí su respiración entrecortada y sus manos sudorosas. Parecía saber que estaba perdido por anticipado.
Cuando la acusada volvió, yo detecté claramente la diferencia de actitud entre ella y el desesperado José Fernando Rodríguez. Ella se burlaba a voz baja de la ingenuidad del juez y de los jurados. Murmuraba: “¡Qué tontos son! ¡Es tan fácil estafarlos! Ya sé que voy a salir libre de aquí.” Sólo yo podía oírla. ¿Pero por qué no lo revelé yo?
Solamente porque sólo soy la barandilla del tribunal.
Perrine y Lucie
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