Yo me llamo Kimiko. Tengo doce años. Vivo con mi madre. Mi padre murió cuando yo era bebé. Pero no sé cómo. Sólo sé que no ha sufrido. Esta triste situación nos acercó mucho, mi madre y yo. Somos muy cómplices.
Un día en que jugaba en el jardín con mi perro Diesel, descubrí algo espantoso. O más bien, fue Diesel que lo descubrió. Era un cráneo humano. Cuando vi tal cosa, me precipité hacia la casa para mostrar mi hallazgo a Mama. Fue inmediatamente perturbada. Se volvió muy pálida. Tuvo una extraña reacción: arrastró el cráneo de mis manos y me empujó violentamente. Nunca me había tratado así.
¿Porqué tal reacción? ¿Qué significaba todo esto? ¿Porqué había un cráneo humano en nuestro jardín?
La mañana siguiente, volví al jardín. Me devoraba la curiosidad. Quería encontrar respuestas a mis preguntas de la víspera. Cuando llegué fuera, noté que la tierra había estado revuelta. Entonces entendí que mi querida madre había hecho desaparecer algo. Pero había olvidado otra cosa que me llamó la atención: un anillo. Estaba cierta de que ya había visto esa sortija. Volví a casa a comprobar eso. En efecto, en la foto de familia que presidía en la chimenea del salón, el mismo anillo estaba al dedo de mi padre.
Fue en aquel momento que sobresalté: mi madre estaba observándome con una mirada inquietante.
Me dijo con una voz temblorosa:
− No quería que tú lo supieras. Era sólo para protegerte. Tu padre era depresivo. Quería matarnos. Tuve que adelantarle.
− De acuerdo, respondí solamente.
Era la palabra de mi madre viva contra la de mi padre muerto.
Lucie y Perrine
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